Hablemos de la Conducta Suicida

Un aporte para salvar vidas

Ps. Alejandro Mera

9/3/202617 min read

a person drowns underwater
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La conducta suicida representa uno de los desafíos más críticos, complejos e inaplazables de la salud pública contemporánea a nivel global. Durante décadas, ha estado envuelta en un manto de silencio, estigmas y mitos que solo han servido para aislar aún más a quienes sufren de manera intolerable. Sin embargo, la psicología científica y la salud pública actual coinciden en un postulado fundamental: el suicidio es un fenómeno prevenible y el sufrimiento emocional extremo puede ser tratado eficazmente mediante intervenciones basadas en la evidencia.

Escribir sobre este tema no solo es un acto de divulgación científica; es, ante todo, un puente de empatía y educación para el público general. El objetivo de este artículo es contribuir a desmitificar la conducta suicida, comprender su escala real, analizar cómo la psicológica basada en evidencia ha revolucionado su abordaje y conocer las herramientas terapéuticas que hoy en día salvan vidas.

1. Contextualización: Entendiendo las cifras reales y el continuo del sufrimiento

Para abordar de manera responsable la conducta suicida, es necesario entender su magnitud sin caer en el alarmismo, sino abrazando la claridad de los datos. De acuerdo con los informes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), anualmente fallecen más de 700,000 personas por suicidio en todo el mundo. Esta estadística equivale a que una persona se quita la vida aproximadamente cada 40 segundos en algún rincón del planeta. El suicidio no distingue fronteras económicas: más del 77% de estos casos ocurren en países de ingresos bajos y medios, consolidándose como un dolor transcultural que afecta de manera devastadora a todas las regiones del mundo.

En la población infanto-juvenil, el panorama es especialmente sensible. A nivel global, el suicidio se ubica como la cuarta causa principal de muerte en el grupo de edad de 15 a 29 años. En otras regiones y análisis temporales específicos, ha llegado a posicionarse incluso como la segunda causa de mortalidad entre jóvenes de 15 a 19 años. En países como Ecuador, por ejemplo, las tasas de mortalidad por lesiones autoinfligidas intencionalmente son la principal causa de muerte no natural en adolescentes de 12 a 17 años y la segunda en jóvenes de 18 a 29 años.

El iceberg de la conducta suicida: Ideación vs. Intentos vs. Consumación

La letalidad o el suicidio consumado representa únicamente la punta de un iceberg sumamente profundo. La psicología clínica concibe este fenómeno como un continuo o proceso dinámico que se desarrolla de manera progresiva. Este continuo típicamente inicia con pensamientos pasivos de muerte o ideación suicida, progresa hacia la planeación activa (búsqueda de métodos o momentos), continúa con el intento de suicidio (el acto físico autolesivo con intención de morir pero sin resultado fatal) y, finalmente, puede terminar en el suicidio consumado. Aunque es importante tener en cuenta que no siempre sigue esa estructura, fácilmente una persona puede pasar de pensamientos de muerte a un suicidio consumado en el primer intento.

Cuando comparamos los porcentajes de personas en cada una de estas etapas, entendemos la inmensa necesidad de la prevención temprana:

  • Ideación Suicida (Los que lo piensan): Los pensamientos de muerte son significativamente más comunes de lo que la sociedad asume. En la población adolescente (de 12 a 17 años), diversos estudios epidemiológicos estiman que aproximadamente el 24% de los jóvenes reporta haber tenido ideas suicidas en los últimos 12 meses. Esto significa que casi uno de cada cuatro adolescentes ha experimentado este sufrimiento en silencio en el último año.

  • Intentos de Suicidio (Los que lo intentan): Por cada muerte por suicidio registrada, se estima la ocurrencia de entre 10 y 30 intentos autolíticos. En la misma población de adolescentes de 12 a 17 años, se estima que un 11% ha realizado al menos un intento de suicidio en los últimos 12 meses. Si comparamos esto con el 24% de ideación, vemos que mientras una gran parte de la población sufre con la idea, una proporción menor pero alarmante (casi la mitad de los que lo piensan) realiza la transición hacia el acto físico. A nivel de la población adulta general, se calcula que aproximadamente 4 de cada 1000 adultos (0.4%) han intentado suicidarse en algún momento.

  • Suicidios Consumados (El desenlace fatal): Aunque es el desenlace que recibe mayor atención estadística, representa un porcentaje numéricamente menor en comparación con el volumen total de personas atrapadas en las fases previas de ideación e intento. Un ejemplo muy gráfico de esta relación se observa en los registros de intoxicaciones intencionales de Ecuador (2019): de 3,154 intoxicaciones intencionales registradas, solo el 4% (127 personas) falleció, mientras que el 96% restante sobrevivió al intento.

Este 96% de sobrevivientes nos deja una lección clínica fundamental: el antecedente de un intento previo es el factor de riesgo individual más potente y predictor para futuras tentativas o para la muerte por suicidio. Las personas que han tenido un intento de suicidio previo tienen de 38 a 40 veces más probabilidad de cometer suicidio en el futuro en comparación con quienes nunca lo han intentado. Es más, el riesgo de morir por suicidio durante el primer año posterior a un intento es hasta 66 veces mayor que el riesgo anual de la población general. Estos datos demuestran que sobrevivir a un intento no significa estar a salvo; por el contrario, marca un periodo de extrema vulnerabilidad que requiere una red de apoyo profesional e intervenciones terapéuticas inmediatas, cálidas y especializadas.

2. El Cambio de Paradigma Clínico: De la depresión a la vulnerabilidad específica

Durante mucho tiempo, la psiquiatría clásica y la medicina general compartieron una visión lineal y simplista de la conducta suicida: se la consideraba un mero síntoma secundario de la depresión o de otros trastornos mentales subyacentes. Bajo esta premisa, se asumía que si se trataba el trastorno primario —por ejemplo, recetando antidepresivos para curar la depresión— la conducta suicida desaparecería de forma automática.

Hoy en día, la investigación empírica ha roto por completo ese paradigma. La evidencia científica demuestra de manera contundente que tratar la depresión de forma generalizada no siempre mitiga de forma eficaz la ideación o el riesgo suicida. De hecho, la presencia de ideación suicida activa puede limitar la eficacia del tratamiento antidepresivo estándar. Esto explica una dolorosa paradoja histórica: a pesar de que la prescripción de psicofármacos ha aumentado exponencialmente a nivel mundial en las últimas décadas, las tasas de suicidio han permanecido trágicamente estables o incluso en aumento en muchas regiones.

Las teorías de "Ideación a la Acción"

Este vacío clínico impulsó el nacimiento de los enfoques transdiagnósticos y de las teorías de "ideación a la acción" en la psicología contemporánea. Estas teorías postulan que los factores psicológicos que dan origen al deseo de morir (como el dolor psíquico insoportable, la desesperanza y la autopercepción de ser una carga) son completamente diferentes de los mecanismos que facilitan que una persona realice la transición conductual hacia el intento físico autolesivo (tales como la impulsividad, la rigidez cognitiva, la desregulación emocional severa y la pérdida del miedo al dolor físico o la muerte).

Por lo tanto, la conducta suicida debe conceptualizarse y tratarse como una entidad clínica independiente y específica, y no como el simple "síntoma" de otra enfermedad. La intervención psicológica no debe limitarse a mejorar el estado de ánimo general; debe dirigirse de manera directa, estratégica y explícita a desactivar la vulnerabilidad suicida, entrenar al paciente en tolerancia al malestar y construir estrategias de afrontamiento específicas para las crisis.

3. La Importancia de la Prevención Multinivel: Un compromiso de toda la sociedad

Debido a que la conducta suicida es multicausal y en ella interactúan factores biológicos, psicológicos y socioculturales, las explicaciones causales lineales no funcionan. En consecuencia, la prevención eficaz debe ser multinivel e intersectorial. No podemos pretender solucionar este problema únicamente dentro de las paredes de un hospital o un consultorio psiquiátrico; se requiere activar de manera coordinada a la salud pública, al sistema educativo, a las familias y a la comunidad en general.

El efecto sinérgico en la Salud Pública

Los análisis de efectividad en grandes poblaciones demuestran que las intervenciones aisladas pierden potencia. Sin embargo, cuando se aplican programas preventivos que operan simultáneamente en múltiples dimensiones (individual, familiar, comunitaria e institucional), se genera un substancial efecto sinérgico. Modelos matemáticos confirman que la efectividad real para disminuir los suicidios y sus intentos aumenta de manera proporcional al número de niveles de intervención que se activen al mismo tiempo.

En países como España, este enfoque multinivel se ha materializado en iniciativas institucionales de gran relevancia:

  • Plan de Acción para la Prevención del Suicidio 2025-2027: Diseñado bajo las directrices de la OMS para coordinar políticas públicas a nivel nacional y autonómico.

  • La Guía de Práctica Clínica de Prevención y Tratamiento de la Conducta Suicida (GPC): Coordinada por la Unidad de Evaluación de Tecnologías Sanitarias de Galicia (avalia-t) y ratificada en su plena vigencia en 2020. Este documento unifica criterios clínicos para que la Atención Primaria (médicos de familia) y los Centros Especializados de Salud Mental trabajen de la mano mediante rutas de derivación claras y protocolos rápidos ante el riesgo.

  • Planes Autonómicos Específicos: Estrategias como el programa "Vivir es la salida" en la Comunidad Valenciana o el "I Plan de Prevención del Suicidio" en La Rioja, que combinan el seguimiento proactivo de pacientes dados de alta, la formación de educadores, la atención a supervivientes (familiares en duelo) y la difusión de pautas de comunicación responsable en los medios de comunicación para reducir el estigma.

El papel de la Educación y la Familia

El entorno educativo es uno de los pilares más potentes para la prevención universal. Programas escolares como PositivaMente en España han demostrado que entrenar a los adolescentes en el aula en habilidades de bienestar emocional y resolución de problemas reduce de manera significativa los problemas emocionales y de relación, actuando como un escudo protector antes de que aparezcan las crisis.

Asimismo, las familias desempeñan un rol crítico. De acuerdo con la teoría biosocial, un entorno familiar o social que desestima, critica o ignora repetidamente las emociones de una persona genera un ambiente de invalidación. Para alguien con vulnerabilidad biológica, la invalidación constante de su sufrimiento dificulta el aprendizaje de estrategias de regulación emocional, aumentando la probabilidad de que recurra a conductas destructivas como vía de escape. Por ello, las intervenciones terapéuticas más efectivas en jóvenes incluyen de forma obligatoria a los padres, enseñándoles herramientas de validación, comunicación y escucha activa para reconstruir la seguridad en el hogar.

Si al leer estas líneas te sientes identificado con este tipo de sufrimiento, si experimentas una desesperanza que parece nublar tu futuro, o si te preocupa la situación de algún familiar o amigo cercano, quiero recordarte que no tienes que transitar este camino en soledad. La conducta suicida y el dolor emocional extremo son problemas complejos, pero tienen solución y responden de manera extraordinaria al tratamiento psicoterapéutico adecuado. Agenda tu primera consulta gratuita aquí.

4. Terapias Psicológicas Basadas en la Evidencia: Respuestas científicas ante el dolor

Afortunadamente, hoy en día disponemos de modalidades psicoterapéuticas estructuradas que han demostrado científicamente su capacidad para reducir drásticamente la ideación y, de manera crucial, los intentos físicos de suicidio. Analizamos a continuación las terapias con mayor respaldo empírico:

A. Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) y su adaptación Breve (TCCB)

La TCC dirigida de forma específica a la conducta suicida se consolida como el estándar de oro en la psicología clínica. Un riguroso metanálisis de red que evaluó diversas intervenciones en emergencias psiquiátricas concluyó que la TCC es la una psicoterapia que demuestra de manera consistente una eficacia superior a otros tratamientos activos para prevenir nuevos intentos de suicidio. Con una certeza moderada a alta de la evidencia basada en 26 ensayos clínicos aleatorizados, se estima que la TCC disminuye el riesgo de reintentos en un 54% (con una probabilidad del 87% de ser el mejor tratamiento disponible tras una crisis de urgencias).

Mientras que el efecto de la TCC sobre la reducción de la ideación suicida subjetiva es muy potente en el corto plazo, su efecto preventivo sobre las conductas autolesivas físicas y los intentos reales es duradero y se sostiene de forma robusta a mediano y largo plazo (más allá de los 12 meses de seguimiento).

La evolución hacia la Terapia Cognitivo-Conductual Breve (TCCB)

Para responder a las limitaciones de tiempo y recursos en entornos de alta exigencia (como el ámbito militar o las consultas externas saturadas), se desarrolló el protocolo de TCCB. Este enfoque asume que las crisis suicidas son de carácter transitorio e intermitente (vulnerabilidad fluida) y que ocurren cuando un estresor agudo sobrepasa la capacidad de regulación de un paciente rígido cognitivamente.

El protocolo estándar de la TCCB consta de 10 a 12 sesiones individuales y se organiza de manera secuencial en tres fases clínicas:

  1. Fase I (Evaluación y Contención): Se realiza un análisis detallado del intento o crisis más reciente, se co-diseña un Plan de Respuesta a Crisis escrito y se entrena al paciente en habilidades básicas de tolerancia al malestar para frenar la urgencia inmediata.

  2. Fase II (Flexibilización Cognitiva): Se identifican y modifican los sesgos de pensamiento rígido, las creencias disfuncionales y los esquemas nucleares que actúan como vulnerabilidades cognitivas al suicidio.

  3. Fase III (Prevención de Recaídas): Se consolidan las estrategias aprendidas mediante tareas de exposición conductual simulada y planificación ante futuros desencadenantes.

La efectividad de la TCCB cuenta con un respaldo empírico de primer nivel:

  • TCCB por Videoconferencia (Telesalud): Un ensayo clínico aleatorizado (2021-2023) demostró que la TCCB aplicada mediante telesalud reduce en un 41% el riesgo de intentos de suicidio a un año de seguimiento en comparación con terapias de apoyo generales, validando la eficacia de los formatos interactivos digitales siempre que cuenten con un terapeuta humano guiando el proceso.

Nota sobre el formato intensivo: Se ha ensayado una versión "masiva o acumulada" (mBCBT) con sesiones diarias durante 2 semanas. Aunque la mBCBT logra mejoras equivalentes y mucho más rápidas en el corto plazo en ideación y depresión, el formato estándar semanal (de 10 semanas) proporciona un alivio superior de los síntomas de ansiedad y una mejor consolidación de los logros a largo plazo.

El Ingrediente Activo: El Componente Narrativo

Un hallazgo metodológico de enorme relevancia demostró que no todas las intervenciones cognitivo-conductuales son iguales. Un metanálisis que recopiló datos de 23 ensayos clínicos concluyó que las terapias cognitivo-conductuales que incorporan una evaluación narrativa logran reducir significativamente el riesgo de futuros intentos de suicidio (reduciendo el riesgo relativo en un 32%). Aquellas intervenciones de TCC que omitieron el abordaje narrativo no demostraron asociación alguna con la reducción del comportamiento autolítico.

La evaluación narrativa consiste en invitar activamente al paciente a relatar, a modo de historia y en primera persona, toda la secuencia de acontecimientos que rodearon su última crisis o intento. El terapeuta desglosa minuciosamente este relato, mapeando los pensamientos automáticos, los picos emocionales, las sensaciones corporales y las conductas específicas que se encadenaron hasta el desencadenamiento del acto. Esto permite identificar los "puntos de quiebre" precisos donde el paciente puede introducir habilidades alternativas de afrontamiento antes de llegar al punto de no retorno.

B. Terapia Dialéctico-Conductual (TDC / DBT)

Para los casos de conducta suicida crónica, autolesiones repetidas y desregulación emocional severa —condiciones estrechamente vinculadas al Trastorno Límite de la Personalidad (TLP)— la terapia de elección por excelencia es la Terapia Dialéctico-Conductual, desarrollada por Marsha Linehan.

La DBT es una terapia profundamente compasiva que se fundamenta en una postura dialéctica: busca el equilibrio constante entre la aceptación de la realidad tal como es (inspirada en la filosofía zen y trabajada mediante técnicas de mindfulness y validación) y la estrategia de cambio conductual (psicología conductual occidental para modificar comportamientos disfuncionales).

La DBT estándar es un programa de alta intensidad que consta de cuatro modalidades simultáneas: psicoterapia individual semanal, entrenamiento grupal en habilidades (mindfulness, efectividad interpersonal, regulación emocional y tolerancia al malestar), coaching telefónico de crisis y un equipo de consulta para los propios terapeutas.

La evidencia de su eficacia es abrumadora:

  • En adultos con TLP, demuestra un tamaño de efecto moderado en la reducción de las conductas suicidas y parasuicidas en comparación con el tratamiento habitual, disminuyendo drásticamente el uso de urgencias hospitalarias.

  • DBT para Adolescentes (DBT-A) y el Programa SAFETY: En jóvenes con autolesiones recurrentes, la DBT-A reduce de manera masiva la conducta autolesiva (Odds Ratio de 0.28) y mitiga la gravedad de la ideación suicida. Programas familiares basados en DBT como SAFETY protegen al menor al capacitar a los padres en habilidades de escucha activa, validación y control de entornos seguros, disminuyendo significativamente las visitas a emergencias psiquiátricas.

5. Herramientas de Contención Inmediata: El poder del Plan de Seguridad

Una de las prácticas más comunes en la práctica médica y psicológica del pasado fue el uso de los llamados "contratos de no suicidio", documentos donde el paciente firmaba una promesa por escrito de no hacerse daño. La ciencia ha demostrado que estos contratos son clínicamente ineficaces o no reducen el riesgo como se esperaría.

En su lugar, la herramienta de contención inmediata con mayor respaldo científico en el mundo es la Planificación de la Seguridad y el Plan de Respuesta a Crisis.

¿Cómo funciona un Plan de Seguridad?

El Plan de Seguridad es un documento escrito, de carácter sumamente personalizado y en formato de tarjeta o plantilla fácil de transportar, que el terapeuta y el paciente co-diseñan en una sola sesión. El plan detalla una serie de pasos secuenciales que el paciente se compromete a seguir de manera autónoma cuando detecte que está entrando en una crisis emocional:

  1. Señales de advertencia: Identificar qué pensamientos, imágenes, sensaciones corporales, estados de ánimo o comportamientos indican que una crisis está comenzando.

  2. Estrategias de afrontamiento internas: Qué actividades puede realizar el propio paciente de manera individual para distraerse y calmar el malestar sin contactar a nadie (ej. meditar, salir a caminar, escuchar música, ejercicios de respiración, uso de hielos o agua fría en la cara).

  3. Contactos sociales para distracción: Personas o entornos sociales que pueden ayudar a distraer al paciente (sin necesidad de revelar que está en crisis).

  4. Contactos para buscar ayuda activa: Amigos cercanos o familiares a los que el paciente puede llamar y decirles explícitamente: "estoy pasando por una crisis, necesito tu ayuda".

  5. Profesionales y recursos de emergencia: Números telefónicos del terapeuta, líneas de atención en crisis de su país y ubicación del hospital de urgencias más cercano.

  6. Reducción del acceso a medios letales: Un paso crítico de carácter colaborativo donde se acuerda retirar o limitar el acceso a objetos o sustancias peligrosas en el hogar del paciente durante el periodo de riesgo.

Un metanálisis fundamental liderado por Chani Nuij estimó que el uso de intervenciones basadas en planes de seguridad reduce el riesgo de que el paciente realice una conducta suicida física en un 43% en comparación con el tratamiento habitual. El Número Necesario a Tratar (NNT) es de 16, lo que significa que por cada 16 planes de seguridad que co-diseñemos en urgencias o consultas externas, evitaremos de forma directa un intento de suicidio físico.

Además, los Planes de Respuesta a Crisis que incluyen en el reverso de la tarjeta una discusión escrita sobre las razones para vivir del paciente (sus motivos profundos de conexión con la vida, como sus hijos, sus metas, sus mascotas o su fe), logran disminuir la ideación y el malestar emocional con una velocidad marcadamente superior.

6. Conclusiones

La conducta suicida no es el reflejo de un deseo genuino de morir; es la expresión de un deseo desesperado de poner fin a un sufrimiento psíquico que se ha vuelto intolerable cuando la persona siente que ha agotado todos sus recursos psicológicos.

La psicología científica nos brinda hoy una inmensa fuente de esperanza: disponemos de terapias eficaces que enseñan habilidades de regulación de las emociones, flexibilizan el pensamiento extremo, reconstruyen las redes familiares de apoyo y diseñan planes concretos para mantener a salvo a las personas en sus momentos de mayor oscuridad.

Prevenir el suicidio es una responsabilidad que nos convoca a todos como sociedad. Exige que los gobiernos doten de recursos a las políticas públicas multinivel, que los colegios eduquen en bienestar emocional, que las familias erradiquen la invalidación de los sentimientos y que cada uno de nosotros aprenda a escuchar activamente y sin juzgar a quienes nos rodean.

Si estás sufriendo, recuerda que la ayuda existe y que la ciencia psicológica respalda tu capacidad de recuperación. Hablar salva vidas; dar el paso de buscar apoyo profesional es el inicio del camino de vuelta a la vida.

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